Desesperada caí rodillas al suelo. Era una pérdida de
control sobre mi capacidad de estar de pie y sintiendo que no podía caer más
empecé a llorar. ¿Qué es en sí lo que nos saca de nuestras casillas cuando
estamos ante una crisis?
Dicen que los problemas se llaman así porque tienen una
solución, que si no la tuvieran no serían un problema. Veo a mi alrededor y
cada quién se enreda en los propios y cada quién disfruta o sufre la agonía de
resolverlos…
Yo decidí caer al suelo, recordar que soy vulnerable al ver
agua saliendo de mis ojos y entender que lo importante de estar en el suelo es
saber que es momentáneo, que yo nací para estar corriendo por todas partes.
Las situaciones que nos derrumban o golpean muchas veces nos
recuerdan nuestra fragilidad y en ella encontramos la humildad que a veces nos
hace falta.
Al menos, la poca humildad que corre por mis venas fue
producto de esos sensibles momentos. Y en honor a la lección aprendida tomo las
fuerzas para ponerme de pie y avanzo sin olvidar de dónde vengo y a donde más o
menos voy…
No importa cuántas veces caigamos a comparación con la
importancia de seguir viviendo… y sería una mala lección tener miedo a caminar
por recordar que hemos caído, el verdadero mensaje de la caída siempre será que
no importa lo duro del golpe, siempre podemos levantarnos. El miedo es una
niñera floja que prefiere que no salgamos a jugar para no andarnos cuidando
para todos lados.
No será la primera ni la última que me caiga desesperada de
rodillas al suelo en una pérdida del equilibrio… como tampoco será la primera o
la última vez que me ponga de pie.






